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¿Cómo puedo endulzar mis alimentos de forma sana?

 

¿Cómo puedo endulzar mis alimentos de forma sana? De ninguna manera. Pedimos disculpas por emplear un título tan equívoco para este artículo, pero esa sería la respuesta más honrada, aunque sea también la más decepcionante. Desde que se reconoció al azúcar como uno de los principales enemigos de la salud, la industria ha desarrollado multitud de estrategias para que tomemos azúcar (o algo peor) pensando que no la tomamos. Pero no es más que eso: un engaño. Veamos las alternativas que hay al azúcar, y veamos también por qué ninguna de ellas es sana.

La razón por la que el azúcar es malo, muy malo, para la salud no se reduce solo a la gran cantidad de calorías que contiene (unas 400 Kilocalorías cada 100 gramos). El problema es que puede conducirnos a la aparición de la temida diabetes tipo 2, entre otras enfermedades metabólicas. Lo malo es que su sabor resulta muy agradable para el ser humano, hasta el punto de que su consumo se ha disparado: en los últimos tres siglos ha pasado desde los 3 kilos por persona y año hasta los 23 de media; en España llega a los 33, lo que supone 90 gramos diarios.

La primera alternativa que nos viene a la mente cuando tratamos de sustituir al azúcar son los edulcorantes artificiales, que tienen cero calorías o una cifra tan próxima a cero que resulta despreciable. Pero los problemas de los edulcorantes artificiales los hacen muy poco aconsejables como sustitutos del azúcar. Aunque todavía la ciencia no se ha pronunciado de forma definitiva al respecto (en ocasiones, puede tardar decenios en hacerlo), hay multitud de estudios que nos aconsejan ser muy prudentes con ellos, e incluso rechazarlos de forma terminante.

Así, experimentos con roedores indican que estos edulcorantes no solo no adelgazarían, sino que serían más engordantes que el azúcar, al modificar de forma perversa la flora intestinal. Por si esto fuera poco, podrían favorecer la intolerancia a la glucosa y la aparición de diabetes tipo 2 de una forma más contundente que el mismo azúcar. La prudencia, por tanto, aconseja rechazar su consumo.

El azúcar moreno o integral es utilizado por muchos como un ingrediente sano, o al menos no tan malo como el azúcar. Quizá sea porque hacen un paralelismo con el trigo integral en comparación con el blanco. Pero, en realidad, ese paralelismo no existe, pues el azúcar moreno es tan malo como el blanco, porque tiene casi el mismo contenido en azúcar, y el resto del peso apenas aporta nada de interés nutricional.

Y, por lógica, si tiene menos azúcar que el blanco, endulzará menos, por lo que hará falta una mayor cantidad para endulzar en la misma medida, con lo que esa pequeña ventaja queda eliminada. Y tiene dos inconvenientes: un mayor precio y, sobre todo, que apacigua la conciencia, lo cual es malo, porque nos deja más desarmados.

Otro producto con aura de natural y sano es la miel. Que sea más o menos natural es algo que depende del fabricante, pero lo que hay que tener muy claro en todo caso es que la miel es azúcar casi puro, ya que algo más del 80% de su peso lo es (el resto es agua y una cantidad minúscula de nutrientes). Y, por tanto, es tan malo como el azúcar, al menos por lo que se refiere a su contenido calórico y sus efectos metabólicos.

Pero, de nuevo, aparece el efecto negativo de tranquilizar las conciencias, ya que la miel, "como es tan sana", tiene un efecto que compensa las calorías y el azúcar que pueda contener. Bueno, pues tengámoslo claro: ni es sana, ni compensa. No es más que azúcar y agua, más pequeñas cantidades de saborizantes que, para colmo, la convierten para muchos en deliciosa.

Otra trampa se esconde en la fructosa. Si leemos en la etiqueta de unas galletas que tienen azúcar, puede que las rechacemos; pero si vemos que otras galletas indican en su etiqueta que contienen fructosa, las echamos en el carro pensando que hemos salvado a nuestra salud de un riesgo cierto, ya que la fructosa, "que es lo que tienen las frutas, no puede ser mala".

De nuevo, grave error. La fructosa no solo puede ser tan mala como el azúcar (de hecho, es un tipo de azúcar), sino que puede ser más perniciosa que el azúcar "normal", que es básicamente sacarosa. En efecto, mientras la sacarosa produce, al menos, saciedad, la fructosa produce más ansia de comer. Y eso, ni que decir tiene, es un grave inconveniente y un riesgo añadido, por lo que la fructosa no puede ser, ni mucho menos, una alternativa saludable al azúcar. Y, para colmo, sus efectos metabólicos son peores que los del azúcar de mesa.

Por último, existen en el mercado multitud de jarabes, siropes y similares que no es que no contengan azúcar, sino que la ocultan bajo denominaciones diferentes. Por ejemplo, el sirope de arce tiene en torno a un 70% de azúcar, y el de maíz un 76. Quizá alguien pueda pensar que, al menos, nos ahorramos el resto. Pero no es así, ya que endulzarán en la misma medida que su contenido en azúcar, y se requerirá una mayor cantidad para lograr el mismo efecto.

La conclusión parece clara: no se puede sustituir el azúcar de forma saludable. La única solución es limitar en lo posible su consumo, para lo que habrá que ir cambiando poco a poco nuestras costumbres. Y, por supuesto, hará falta fuerza de voluntad. Pero pensemos en nuestra salud y apliquémonos el viejo proverbio: el que algo quiere, algo le cuesta.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en abril de 2016

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