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¿Por qué es más difícil adelgazar que engordar?

 

¿Por qué es más difícil adelgazar que engordar? La tendencia a engordar parece ser algo natural, y posiblemente lo es. Diversos estudios al respecto parecen inclinarse por considerar esta tendencia como un rasgo evolutivo que, si bien en el pasado garantizaba con eficacia la supervivencia del obeso frente al delgado, en la actualidad resulta muy perjudicial. Pero, además, estas investigaciones responsabilizan de la obesidad cada vez más a la sociedad (las autoridades, empresas, lobbies...) y cada vez menos al que la sufre.

Sin contar con la herencia recibida de otras especies anteriores, el homo sapiens ha recibido durante aproximadamente 100.000 años una tendencia evolutiva que le hacía comer más de lo que necesitaba de forma inmediata a fin de acumular grasa para los tiempos de escasez, que siempre han sido muy numerosos. Solo desde hace unos pocos decenios la comida es variada, apetitosa, barata y abundante, al menos en las sociedades desarrolladas.

Así, durante esos 100.000 años, el individuo más obeso tenía más probabilidades de sobrevivir y, por tanto, de reproducirse. De forma que la especie humana ha ido acumulando una tendencia genética a acumular grasa. Durante estos últimos decenios, aquellos individuos que más grasa acumulan tienen, por el contrario, una desventaja evolutiva al ser más proclives a sufrir diversas enfermedades. Pero en 30 o 40 años no puede revertirse la influencia acumulada de 100.000.

En realidad, el problema de la obesidad no parece ser exclusivo de nuestra especie. La experiencia nos dice que las mascotas a las que se le da de comer todo lo que les apetece y no se les obliga a hacer ejercicio engordan de forma desmesurada. Y algo tan sencillo como eso es lo que nos está pasando en una sociedad de comida sabrosa y disponible, trabajos sedentarios, medios de transporte omnipresentes y juegos de ordenador.

Por lo anterior, el cuerpo humano se resiste a perder grasa: cuando se ha perdido peso, se tiene más apetito y, además, se queman menos calorías que antes de perderlo. Hace ya 25 años que John Garrow, experto en el tema, afirmaba en su libro "Obesidad y enfermedades relacionadas" que "la mayor parte de personas con obesidad que comienza un tratamiento dietético lo abandona; de entre quien continúa, la mayoría no pierde peso; y dentro del grupo de individuos que pierden peso, la mayoría vuelve a recuperarlo".

Una conclusión tan poco motivadora no debe desmoralizarnos, sino hacernos plenamente conscientes de la dificultad del empeño. Pero se puede, ya que todos conocemos a alguien que un día se puso a dieta, perdió una cantidad razonable de kilos y desde entonces se mantiene así, a base de seguir unos hábitos saludables en materia de ejercicio y alimentación.

Es reconfortante advertir que, cuanto más se sabe de alimentación, genética, obesidad y costumbres, más se carga la responsabilidad de la epidemia de obesidad que acomete a las sociedades desarrolladas sobre los gobiernos, las empresas y los grupos de presión que algunas establecen para hacer valer sus intereses, y menos sobre aquellos que sufren la epidemia en sus propias y abundantes carnes.

En efecto, podemos hacernos la pregunta de qué ha cambiado en estos últimos 30 años para que se haya desencadenado la epidemia. La fuerza de voluntad de las personas, parece claro que no. Es el entorno lo que ha cambiado: ahora hay más comida, más apetecible, más insana, más barata, con una publicidad más eficiente, más transportes, un trabajo más sedentario y un ocio que, casi siempre, se ejercita estando sentado.

Por tanto, no es el individuo que sufre obesidad el culpable, sino las empresas que anteponen sus beneficios a la salud de la sociedad; los gobiernos que se lo permiten; las autoridades sanitarias y de consumo que no fomentan la comida sana a la vez que penalizan la que no lo es; los lobbies de empresas alimentarias que presionan a los gobiernos; las autoridades, de nuevo, que no se esfuerzan lo suficiente en explicar a la población los problemas de llevar una vida insana...

Así, el obeso debe pasar de ser visto como alguien perezoso, con poca fuerza de voluntad o simplemente goloso a ser considerado como una víctima, casi siempre no culpable, de sus propios genes, de la dejadez e inhibición de las autoridades y de la ferocidad de algunas empresas. Pero eso no quiere decir que deba bajar los brazos y conformarse con su suerte: se debe luchar, porque se puede ganar.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en abril de 2014

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