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¿Por qué comemos más de lo necesario?

 

¿Por qué comemos más de lo necesario?Conocer los mecanismos que nos empujan a comer más de lo que necesitamos nos puede ayudar a neutralizarlos, y, con ello, a adelgazar y mantener un peso saludable. Lo que nos empuja a comer no es solamente la necesidad de mantener el balance energético de nuestro cuerpo, es decir, reponer la energía gastada, sino que hay ciertos alimentos (básicamente los dulces, grasientos y salados) cuya ingesta nos produce una gran satisfacción. Y ahí empiezan los problemas.

Hay dos mecanismos que regulan la cantidad de comida que tomamos: la regulación homeostática y la regulación hedónica. La primera se ocupa, como hemos dicho más arriba, de reponer mediante la ingesta de alimentos la energía que gastamos. Esta regulación funciona tanto a corto como a largo plazo, mediante complejos equilibrios de distintas sustancias presentes en nuestro organismo, como hormonas de los tejidos grasos o péptidos gastrointestinales, además de ciertos controles ejercidos por el hipotálamo.

Algunos tipos de obesidad se deben a un funcionamiento incorrecto de esta regulación homeostática. Es el caso de personas que, aun restringiendo su comida hasta pasar hambre, engordan sin remedio. Todavía falta mucho para que la ciencia tenga un conocimiento completo de esta regulación, por lo que los intentos realizados hasta ahora para corregir los problemas de una mala regulación homeostática no se han visto coronados por el éxito.

Pero adicionalmente a esta regulación, y solapándose con ella, está la regulación hedónica. Si la primera condiciona en gran medida cuánto comer, esta segunda hace lo propio en relación a qué comer. En otras palabras, nos impele a tomar ciertos alimentos de forma preferible a otros. Y aquí es donde aparecen en escena una serie de investigaciones que vamos a comentar.

Científicos de la Universidad de Birmingham (Reino Unido) se propusieron averiguar cuáles son los factores comunes de los alimentos que más despiertan las ganas de comer en las personas. Hallaron que son los que su sabor resulta potenciado por alguno de estos tres ingredientes: sal, azúcar y grasas. Probablemente, al lector se le habrá encendido la luz de alarma: en efecto, son tres ingredientes que, consumidos en exceso, pueden ser peligrosos para la salud. Y los dos últimos, además, producir obesidad.

Parece claro que gustan los aperitivos salados, los postres dulces, las bebidas azucaradas, los fritos, la comida rápida... Pero, ¿por qué son precisamente esos sabores los que más nos gustan? ¿Es algo cultural o, por el contrario, una especie de "tendencia natural?". Sin desechar cierto grado de influencia cultural (la publicidad, el bajo precio, la presentación, las costumbres...), lo cierto es que parece más bien una preferencia natural.

Clifford B. Saper y su equipo demostraron hace ya más de diez años, y lo publicaron en "Neuronen", que tendemos a consumir dulces y salados más allá de la mera reposición energética. Por el contrario, solemos rechazar los sabores amargos y agrios, y eso es algo que hacen también los animales, incluso si se les priva de comida. Por tanto, estas preferencias estarían condicionadas por factores naturales.

Puede haber en ellas factores evolutivos, ya que los sabores amargos se relacionan a menudo con determinados compuestos tóxicos (algunos de ellos, mortales), mientras que el sabor ácido se da con frecuencia en alimentos que están en mal estado. Así, estas preferencias ya comentadas protegerían a animales y personas de la ingesta de alimentos que pueden ser muy perjudiciales para la salud.

También es probable que haya factores evolutivos en la tendencia a comer alimentos con alta densidad energética. La doctora Stephanie Fulton, del Departamento de Nutrición de la Universidad de Montreal, afirma que esta tendencia hacia este tipo de alimentos puede ser innata y adaptativa, pues la sobreingesta (incluso en caso de estar ya saciados) de esta clase de comida muy energética nos garantiza la supervivencia en momentos de escasez. Cosa que no ocurre, por ejemplo, si quedamos ahítos de vegetales.

Pero estas preferencias, que en principio podrían protegernos de alimentos dañinos y evitar morir de hambre, respectivamente, en la actualidad suponen un grave riesgo para nuestra salud, como ya hemos comentado más arriba, vía obesidad. Sin embargo, el saber que tenemos tendencia a consumir alimentos apetitosos por encima de nuestras necesidades energéticas nos debería hacer reflexionar y adoptar determinados comportamientos con los que se puede prevenir, al menos en parte, la obesidad o el sobrepeso.

Antes de servirnos una determinada ración, abrir una bolsa de patatas mientras vemos la televisión o pedir un postre sabroso y engordante en el restaurante, deberíamos preguntarnos: "¿Tengo realmente hambre?". Y veremos que la respuesta frecuentemente es: "No. Es gula. Es comer por placer". Si actuamos entonces en consecuencia, nos daremos cuenta de que, muchas veces, para adelgazar no es necesario pasar hambre; basta con contener la gula.

La misma reflexión cabe hacerse a la hora de ir a la compra. Si nos decidimos por alimentos sanos y tratamos de evitar aquellos que nos producen gran placer (aperitivos, dulces, precocinados, helados...) pero que sabemos que nos perjudican y que comeremos de forma innata por encima de nuestras necesidades energéticas, conseguiremos evitar que la tentación viva en casa.

Por último, no podemos terminar el tema sin hacer mención de otro tipo de motivación hacia determinadas comidas poco saludables pero apetitosas que puede darse en ciertas personas. Se trata de los casos en los que se tratan de compensar con la comida ciertos problemas personales, como depresión, preocupaciones o ansiedad. En estos casos es conveniente recurrir a tratamiento psicológico.

Artículo elaborado por Adelgazar.Net en diciembre de 2013

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