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Atracones periódicos pueden ser síntoma de un trastorno

 

El síndrome del atracón debe reconocerse como un trastorno de la conducta alimentaria más extendido y también más serio de lo que se pensaba. De hecho, puede llevar a la obesidad e incluso al abuso de sustancias como alcohol o estupefacientes.

El síndrome del atracón podríamos definirlo como una tendencia compulsiva a comer de forma incontrolada para, una vez saciados, sentir remordimientos por lo que hemos hecho. A diferencia de los bulímicos, las víctimas del síndrome del atracón no realizan estrategias para eliminar lo ingerido.

Actualmente los especialistas lo consideran como un auténtico trastorno alimentario, al igual que la anorexia y la bulimia. Si bien estos últimos trastornos pueden llevar a situaciones gravísimas, el del atracón, sin llegar a tales extremos, sí puede acarrear consecuencias muy negativas para la salud. Y además está mucho más extendido.

Para que pueda decirse que se padece el síndrome, no vale con caer en el atracón de vez en cuando. Pero si ocurre con cierta asiduidad, en torno a dos o tres veces por semana durante seis meses, debemos empezar a preocuparnos, pues es la frecuencia a partir de la cual los especialistas consideran que se puede hablar de trastorno alimentario.

Un trabajo publicado recientemente en "Biological Psychiatry" indica que en torno a un 2,8 % de la población lo padece, e incluso podría ser un porcentaje mayor. Así, resulta ser mucho más frecuente que la anorexia (0,6 %) y la bulimia (1 %). Pero el trabajo afirma, además, que normalmente está relacionado con la obesidad severa y con otros trastornos psiquiátricos: depresión, fobias, alcoholismo, o abuso de sustancias.

El tratamiento debe hacerse siempre con asistencia médica. Comienza con el reconocimiento por parte del paciente de que padece una adicción. Luego apuntará absolutamente todos los alimentos que ingiere y, posteriormente, hay que analizar la causa de esta ingestión incontrolada, que suele ser psicológica.

Una vez dominada la tendencia se llega a la fase de estabilización, en la que lo que prima es la vigilancia para no recaer. Si asumimos el problema como algo importante podemos ser optimistas, pues en torno a dos tercios de los que inician la terapia alcanzan esta fase.

Fuente: El Mundo, 2007 y elaboración propia

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