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Numerosos
estudios indican que la obesidad se debe a múltiples
factores. Uno de los más importantes, además
de la herencia genética, ha resultado ser los hábitos
(alimenticios y, en general, de estilo de vida) durante la
adolescencia. Un adolescente con malas costumbres será,
probablemente, un adulto con sobrepeso que deberá bregar
con un problema difícil. Ser conscientes de ello puede
ayudarnos a empezar a resolverlo.
El
aumento de obesidad en la población infantil y adolescente
es un problema que está alarmando desde hace años
a las autoridades sanitarias de todo el mundo. Y en estas
autoridades existe el convencimiento, apoyado por numerosos
estudios, de que la causa de esta tendencia inquietante es
un estilo de vida poco saludable, sobre todo en lo referente
a unos hábitos de alimentación inadecuados y
al sedentarismo.
Si bien la herencia genética es importante en la aparición
del problema, no se debe caer en el fatalismo de pensar que,
como dicha herencia nos viene dada, la obesidad, cuando surge,
es inevitable. Ni mucho menos. Prueba de ello es que hablamos
de aumento de obesidad, pero nuestros genes son los mismos,
básicamente, que los de nuestros padres y abuelos.
Y en aquellos años la incidencia de la obesidad era
muchísimo menor.
Algunos de los principales errores que se cometen durante
la adolescencia son: dietas desequilibradas (como el auge
de la comida rápida, bollería, "chuches"...);
no desayunar o hacerlo de forma insuficiente; alimentación
poco variada con escasez de frutas, verduras y pescado; "picar"
entre las comidas y, por supuesto, la falta de ejercicio:
videojuegos, televisión, ordenador...
Estos
errores son importantes para prevenir problemas de salud durante
la propia adolescencia. Pero también está el
hecho, más importante todavía, de que existe
la evidencia de que muchas enfermedades no transmisibles,
como la obesidad, tienen su origen en la infancia o en los
años que siguen a ella.
En
el caso del sobrepeso, gran parte de los hábitos que
nos conducen a él se establecieron durante la adolescencia.
Por eso es importante intentar que nuestros hijos jóvenes
no los adquieran. Y, por lo que respecta a nosotros, deberemos
luchar para cambiarlos, porque sólo mediante esta reeducación
conseguiremos abordar el problema de la obesidad de una forma
duradera.
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