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Cuando
la obesidad es mórbida, las estadísticas son
concluyentes: la solución más razonable es la
cirugía, a pesar de los riesgos indudables que supone.
Porque en estas condiciones, no pasar por el quirófano
puede suponer un riesgo mucho mayor que hacerlo.
En
primer lugar, hay que aclarar que estamos hablando de obesidad
mórbida, es decir, cuando el Índice de Masa
Corporal (IMC = peso en kilos, dividido por el cuadrado de
la altura, en metros) supera el valor de 40, o de 35 pero
viene acompañada de otras enfermedades, como diabetes,
insuficiencia cardiaca o respiratoria, o lesiones de columna
o articulares. Uno de cada cien españoles la padece.
No se trata, por tanto, de operarse por razones estéticas,
sino exclusivamente por criterio médico, y buscando
una mejora de la salud.
Existen tres modalidades de cirugía bariátrica:
la restrictiva, que reduce la capacidad del estómago;
la malabsortiva, que impide que se absorba parte de lo ingerido,
y la mixta, que es una combinación de las anteriores.
El cirujano elegirá la técnica más adecuada
a las características del paciente.
Aunque, en general, primero deben intentarse procedimientos
no quirúrgicos para controlar la obesidad mórbida
(dieta, ejercicio y medicación), los beneficios que
se obtienen con ellos no suelen ser muy alentadores, tanto
en el peso que se rebaja (del 10 al 20 %) como en la duración
de los resultados.
Por
el contrario, incluso la OMS avala la cirugía bariátrica
como el único medio eficaz para tratar la obesidad
mórbida. Reduce de forma drástica el sobrepeso
(del 50 al 80 %) y lo hace de forma duradera. Las mejoras
en la salud asociadas a esa reducción son igualmente
notables.
Como
consecuencia de esta eficacia, el número de intervenciones
bariátricas ha crecido espectacularmente en Estados
Unidos, el país con mayor experiencia en este campo.
De las algo más de 13.000 intervenciones practicadas
en 1.998, se ha pasado a las 200.000 al año en la actualidad.
En España se realizan en torno a 4.000 anuales.
Sin
embargo, esta intervención no está exenta de
riesgos ni complicaciones, y por ello debe reservarse para
casos de obesidad grave. En función de las características
del paciente y del tipo de intervención, el riesgo
vital puede estimarse en un entorno amplio del 2 %. En el
caso de la intervención laparoscópica, no llega
al 1 %. Sin embargo, la mejora en la salud del paciente es
espectacular: se solucionan la casi totalidad de los casos
de diabetes, el 90 % de los de hipertensión arterial
y un porcentaje similar de otras enfermedades asociadas.
Tras
la operación, el paciente puede tener que afrontar
algunas complicaciones y debe seguir un adecuado control médico.
También debe modificar sus hábitos en lo relativo
a su alimentación y actividad física. Pero su
vida habrá cambiado de una forma radical. Casi siempre,
a mejor.
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