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Ya
se sabía que los genes condicionan, en gran medida,
la cantidad de grasa corporal. Pero ahora sabemos que, además,
determinan la distribución de ésta, según
dos patrones: grasa preferentemente visceral, en el abdomen
(conocida como "tipo de manzana"), o bien subcutánea,
en caderas, nalgas y piernas ("tipo de pera"). La
diferencia no es sólo estética, ya que la grasa
visceral es mucho más perjudicial para la salud que
la subcutánea.
Un
grupo de investigadores del Centro de Diabetología
Joslin, en Boston (USA), ha determinado que el nivel de expresión
de tres genes varía según la persona tenga la
grasa preferentemente visceral o subcutánea. Midiendo
la actividad de estos genes en una persona, los investigadores
pudieron predecir, no solamente si el individuo era o no obeso,
sino también la distribución de su grasa. El
estudio ha sido publicado el pasado mes de abril en "Proceedings
of the National Academy of Sciences".
Antes se pensaba que la grasa visceral y la subcutánea,
aunque eran distintas, provenían de las mismas células.
Pero investigando con ratones se pudo comprobar que los genes
involucrados en el desarrollo de cada tipo de grasa eran distintos.
Ante estos resultados, el equipo decidió continuar
las investigaciones en personas, con las conclusiones que
ya hemos comentado.
La importancia de estos estudios es notoria, ya que el efecto
metabólico de los dos tipos de grasa es diferente:
la visceral es más activa, y aporta más sustancias
tóxicas al cuerpo que la subcutánea. Por ello,
los riesgos para la salud (diabetes, cardiovasculares, y otros)
que supone cada tipo de grasa es distinto.
Aunque
todavía es muy pronto para pensar en ello, en el futuro
estas investigaciones podrían desembocar en la capacidad
de poder predecir en el recién nacido su nivel y tipo
de obesidad. Y, más adelante, quizá incluso
poder controlar esos niveles mediante una intervención
genética.
De
momento, ni siquiera se sabe si la diferencia en los genes
es causa o consecuencia de la obesidad. Además, el
estilo de vida (dieta, actividad física,...) puede
alterar en gran medida el efecto de estos genes. Y, dado que
de momento no podemos actuar sobre ellos (ni podremos, previsiblemente,
en mucho tiempo) lo mejor que podemos hacer es incidir en
los otros factores, adquiriendo buenas costumbres en materia
de nutrición y actividad física. Y eso sabemos
que sí funciona. Seguro.
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