|
Algunos
alimentos tienen, aparte de sus cualidades físicas
y sensoriales (calorías, sabor, olor, consistencia,...)
otras propiedades mucho menos evidentes y muy particulares
para cada persona: un determinado valor emocional. Y son de
enorme importancia, porque pueden hacer que, en momentos concretos,
ese alimento nos resulte absolutamente irresistible.
En
ocasiones, cuando tenemos limitados ciertos alimentos porque
estamos siguiendo una determinada dieta, pensamos en algo
que nos apetece tomar de una forma incontenible. Puede ser
que esto ocurra porque, simplemente, nos gusta mucho, o tengamos
hambre, o tal vez cierta necesidad física de alguno
de sus componentes. Pero en otros casos, esa tendencia, esa
atracción irrefrenable, tiene raíces psicológicas.
En efecto, las experiencias de nuestra vida hacen que relacionemos
ciertos objetos o sensaciones con determinadas vivencias,
que pueden ser muy agradables. Por ejemplo, podemos relacionar
el ruido de las olas con la vida en familia, porque ese ruido
nos lleva a ciertas vacaciones en la playa disfrutadas con
nuestros padres, que fueron especialmente gratificantes y
emotivas. El hecho de que esta relación sea en gran
parte inconsciente, no hace más que potenciar la fuerza
que esos objetos tienen en nuestra psique.
Cuando se trata de seguir un régimen, el problema puede
aparecer cuando algunos de esos objetos resultan ser alimentos.
Por ejemplo, en Navidad podemos necesitar tomar un determinado
turrón porque nos transporta, inconscientemente, a
ciertos días felices de nuestra infancia en esas fiestas.
O, si nos sentimos solos, podemos lanzarnos a una bolsa de
patatas fritas porque las tomábamos en grupo durante
la adolescencia, y el tomarlas ahora nos hace, inconscientemente,
sentir acompañados.
Esta
necesidad, a veces irrefrenable, de tomar ciertos alimentos
en determinadas situaciones puede hacernos fracasar en el
seguimiento de una dieta. Ante el incumplimiento de ésta,
nos desmoralizamos y pensamos que nunca lo conseguiremos y
que nuestros esfuerzos serán inútiles. Por eso
puede sernos muy útil reconocer el valor emocional
que para nosotros tienen algunos alimentos.
Los
expertos recomiendan en estos casos ceder a la tentación,
siempre que sea excepcionalmente y en cantidad limitada, a
fin de que podamos disfrutar de la recompensa emocional que
la acompaña. De otro modo, la carga de esa privación
puede ser excesiva y podría llevarnos al fracaso en
el seguimiento de la dieta. Lo importante es saber cuándo
tenemos que parar, y recomponer cuanto antes nuestra disciplina.
Y, desde luego, no tomar esta necesidad emocional como pretexto
para romper nuestra dieta cuando nos plazca.
|