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Es
opinión generalizada que cuando se deja de fumar se
engorda. Es bueno saber por qué ocurre esto, y tomar
medidas para evitarlo, pues estamos hablando de las dos principales
epidemias sanitarias de nuestros días (el tabaco y
la obesidad), y debemos luchar contra ambas. Veamos qué
es lo que nos puede ayudar.
El
tabaco tiene un alto poder adictivo debido a que activa diversos
centros cerebrales del placer. Estos centros se habitúan
a ser estimulados por la nicotina, de forma que, si se deja
de recibir este estimulante, la sensación de placer
se transforma en ansiedad y angustia. Y es esta ansiedad lo
que nos lleva a comer más, como medida compensatoria
por la falta de tabaco. Y la báscula lo acusa.
Si fumamos, debemos intentar dejar el tabaco de forma que
no engordemos, o engordemos lo menos posible. Para ello, es
bueno seguir ciertas normas. En primer lugar, hay que intentar
que la primera vez que dejemos de fumar sea la definitiva.
Si no lo hacemos así, con cada fracaso (además
de socavar la confianza en nuestras propias fuerzas para vencer
al tabaco) acumularemos unos cuantos kilos, que normalmente
no se pierden del todo cuando volvemos a fumar, de manera
que vamos acumulando algo de peso con cada nuevo fracaso.
Para asegurarnos del éxito en el primer intento, conviene
mentalizarse adecuadamente de la importancia de dejar de fumar
(puede ser interesante anotar en un papel las ventajas de
dejarlo), y elegir el momento adecuado, cuando estemos libres
de tensiones, excesos de trabajo, y otras circunstancias que
nos impulsen más de lo normal a fumar.
Los
días anteriores al elegido para dejarlo, podemos ir
preparando el terreno. Conviene ir reduciendo la dosis de
tabaco, y no fumar de forma automática, sino pensando
antes de cada cigarrillo si realmente lo necesitamos. Muy
importante es también identificar qué momentos
del día están vinculados a fumar e intentar
desvincularlos, sustituyendo el cigarro por otra cosa, por
supuesto que no engorde.
Porque
la clave para dejar de fumar sin engordar está ahí:
ante la ansiedad por no poder fumar, se produce un efecto
sustitutivo y cambiamos el tabaco por la comida. Cuando notemos
la falta del tabaco, tenemos que intentar cambiar la comida
por otra actividad que nos distraiga pero que no engorde:
hablar con alguien, leer, tomar un caramelo, ejercicio físico,
cambiar de actividad, un vaso de agua, respirar hondo un par
de minutos,... la clave está en apartar la mente del
deseo de fumar, pero sin comer, que quizá es lo primero
que nos viene a la cabeza.
Durante
las primeras semanas, hay que intentar beber mucho (agua y
zumos), no tomar alcohol ni otros excitantes como café
o té, realizar comidas ligeras y frecuentes, evitando
las copiosas, y tomar muchas frutas y verduras.
Es
difícil, pero hay que recordar la importancia del intento,
y que las ganas de fumar no durarán eternamente: después
de cuatro a seis semanas irán disminuyendo, hasta quedar
reducidas a una inclinación latente durante meses,
y al final a nada. Habremos vencido y mejorado sustancialmente
nuestra salud. Y, si hemos sabido hacerlo, sin engordar o,
en el peor de los casos, engordando poco. Posteriormente,
podremos quitarnos esos pocos kilos de más. Pero mejor
que sean pocos.
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