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Tres pasos para vencer
a la obesidad de origen psicológico

 

Probablemente, el lector ya sabe que muchos casos de obesidad tienen su origen en razones psicológicas. El problema que se plantea es cómo vencerla. Planteamos aquí tres pasos para afrontar la cuestión de una forma razonable: primero, cómo saber si nuestro problema de obesidad es de origen psicológico; segundo, intentar superarlo nosotros mismos y, en caso de que no lo logremos, tercero, acudir a un especialista.

Primer paso: muchas veces, es el más complicado. ¿Cómo saber si nuestra obesidad es de origen psicológico? Parece claro que, antes de iniciar ninguna estrategia al respecto, hay que averiguar si es la causa de nuestra obesidad. En muchas ocasiones, es difícil saberlo, sobre todo porque hay que tener en cuenta que la obesidad puede tener varias causas, y el factor psicológico puede ser solo una de ellas. En todo caso, se trata de averiguar si es la causa principal o, al menos, una de las principales.

La propuesta que a priori parece más razonable es acudir a un especialista, y él nos dirá si es o no nuestro caso. Pero esa solución, al menos al principio, puede generar muchas resistencias. Opiniones generalizadas y no siempre bien fundamentadas, como "el psicólogo siempre te encontrará algo", "no creo en los psicólogos", y otras por el estilo encubren con frecuencia razones más profundas, como el miedo o la pereza. Otras razones añadidas son el coste, el tiempo previsible del tratamiento o el miedo a que aparezcan verdades incómodas que preferimos que sigan enterradas.

Por todo ello, podemos tratar de averiguar primero por nosotros mismos si las razones psicológicas están o no en el origen de nuestros problemas con la báscula. Un truco para tratar de averiguarlo es preguntarnos, cada vez que decidimos comer algo (o comer más de lo que hemos comido hasta ese momento) si en realidad tenemos hambre. Si comemos sin hambre-hambre (otra cosa es la gula), es muy probable que lo hagamos por razones psicológicas, es decir, para compensar determinados problemas o frustraciones.

También nos puede ayudar a descubrirlo el saber cuáles son las razones psicológicas por las que la gente come de más. Y aquí hay que diferenciar entre hombres y mujeres. Los primeros aducen, en primer lugar (29%) conflictos con la familia o el jefe que generan estrés. Los problemas profesionales (23%), de trato con la gente (15%) y las obligaciones sociales (12%), ocupan los lugares siguientes en el ranking de los varones.

Por lo que respecta a las mujeres, el lugar de honor lo ocupan los problemas sentimentales (32%), seguidos de cerca por la pérdida del atractivo físico debida a la edad (24%). Más abajo se sitúan los estragos de la rutina (14%) y la existencia de demasiadas tentaciones que llevarse a la boca (12%). Analizar estos factores con sinceridad puede abrirnos los ojos.

Segundo paso: intentar superarlo por nosotros mismos. Si hemos llegado a la conclusión de que, probablemente, los problemas psicológicos son clave en nuestro peso excesivo, lo más intuitivo es tratar de superarlos sin ayuda. Algunos podrán pensar que es una actitud peligrosa, absurda o incluso soberbia. Pero hay que tener en cuenta que, a lo largo de nuestra vida, todos sufrimos multitud de problemas psicológicos, y casi siempre los solucionamos por nosotros mismos, o al menos lo intentamos, con mejor o peor suerte. ¿Por qué no intentarlo con este?

Una vez que hayamos analizado la cuestión y reconocido, en su caso, que comemos de más para compensar nuestros problemas con el asunto X, la primera medida lógica es tratar de solucionar, en la medida de lo posible, el mencionado asunto X. Si no podemos (no todo tiene solución), la respuesta más adecuada es intentar desarrollar mecanismos compensatorios que no nos hagan daño, como salir a dar una vuelta (además, haremos ejercicio), concedernos un rato de relax con la lectura de un libro que nos interese, quedar con una amiga o comer algo sano y poco engordante. Cada uno sabrá qué es lo que más le conviene y motiva.

Nos puede ayudar en nuestro empeño, y además parece una actitud prudente para no eternizar los problemas, el ponernos una fecha límite para corregir nuestros mecanismos de compensación: por ejemplo, si para dentro de tres meses no me he corregido en el comer (y esa corrección debe tener reflejo en la báscula), pido hora al especialista, o al médico de cabecera, para que me encamine correctamente al especialista más adecuado. Pero debemos comprometernos de forma clara e inflexible con una fecha determinada y un peso también determinado; si no lo hacemos así, es fácil que seamos demasiado indulgentes con nosotros mismos.

Tercer paso: acudir al especialista. No supone más que reconocer nuestra incapacidad para resolver el problema por nosotros mismos, y es algo que hay que asumir con naturalidad. Ya hemos comentado que dar este paso requiere, quizá, vencer ciertas resistencias, como el estigma que rodea a veces, por desconocimiento, a las enfermedades de la mente, la incomodidad de seguir un tratamiento que puede ser largo, el precio o el miedo a que se destapen determinados problemas que tal vez lleven años agazapados en un rincón de nuestra mente y nos resultaría doloroso que nos los saquen de allí.

Pero hay que tener en cuenta que estos costes hay que compararlos con los grandes dividendos que podemos obtener: además de bajar de peso (con los enormes beneficios que supone, tanto en lo referente a la salud como a la autoestima o sociales, ente otros), podemos solucionar o paliar determinados problemas psicológicos que nos hacían la vida más gris. Al superarlos, disfrutaremos más de cada día.

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