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La obesidad de nuestros hijos
 

Errores que pueden crear obesidad de origen psicológico en nuestros hijos

Si usted es de los que creen que es algo que puede esperar ("total, todavía son pequeños"), nos tememos que está muy equivocado. Si nuestros hijos son obesos, probablemente serán adultos obesos, y por eso no tenemos tiempo que perder. Ya desde los primeros días hay que alimentarlos de forma sana, y en los meses y años siguientes inculcar en ellos costumbres saludables en todo lo referente a la alimentación y la actividad física. Veamos los principales aspectos del problema.

Para empezar, los que piensen que el problema no lo es tanto, deberían saber que la obesidad infantil ha pasado en 15 años del 5% al 16% de nuestros hijos. Por ello, lo primero que deberíamos tener en cuenta son ciertos factores que suponen una señal de alarma de que nuestro hijo puede ser obeso: peso alto o tamaño grande al nacer, obesidad de los padres, aumento rápido de peso durante el primer año, desarrollo temprano de grasa corporal, dormir poco o ver mucho la televisión.

Estos factores no son más que causas que predisponen, no condicionan a la obesidad, y en todo caso debe realizarse una vigilancia estrecha del desarrollo de nuestro hijo, por supuesto bajo la supervisión del pediatra. Y será este pediatra el que nos recomiende la mejor alimentación durante los primeros meses de vida. En la medida de lo posible, debe darse preferencia al pecho sobre el biberón.

Además de otros factores positivos, entre los que destacan una relación afectiva más estrecha madre-hijo y dotarle de una mayor inmunidad, dar el pecho tiene otra importante ventaja. Numerosos estudios corroboran que dar el biberón en vez del pecho predispone al niño a una futura obesidad. En todo caso, un error muy común (que hace que la probabilidad de obesidad en el niño aumente un 40%) es sobrealimentar al pequeño. Las pautas para evitarlo sin caer en la desnutrición, insistimos, debe darlas el pediatra, que utilizará las tablas de percentiles para vigilar el desarrollo (y en especial, el peso) del pequeño.

Ya desde los primeros meses, pero sobre todo cuando esté más crecido, van adquiriendo cada vez más importancia las costumbres que adquiera nuestro hijo, en gran parte fomentadas por los padres. Cuestiones tales como comer entre horas, exceso de sedentarismo (ojo con la televisión, la tablet y los videojuegos) o acostumbrarse a tomar alimentos insanos (bollería, chuches, refrescos, snacks,...) son costumbres perniciosas que, además, tenderán a mantener de adolescentes y adultos.

Aquí hay que tener en cuenta la importancia de la imitación. Cambiemos para bien nuestras costumbres y, además del beneficio para nosotros mismos, haremos un inmenso favor a nuestros hijos. De nada sirve que le digamos a nuestro chaval lo malo que es el sedentarismo y los snacks si a los cinco minutos nos ve apoltronados frente a la televisión mientras devoramos una bolsa de patatas fritas.

Y, ya que hablamos de la tele, no está de más tener en cuenta el impacto tan negativo que tiene la publicidad en nuestros hijos. Aparte de otras consideraciones (fomento del sedentarismo, inculcar valores erróneos, dificultar la sociabilidad...), la televisión emite muchísimos anuncios. Y más del 15% de ellos son de productos alimenticios.

El problema es que, según un estudio realizado por nutricionistas y dietistas, el 44% de dichos anuncios son de productos insanos (bollos, chuches...), y otro 46%, de alimentos que, tomados en exceso (exceso en el que suele incurrirse, dada la apetencia que provocan) son igualmente inadecuados para mantener un peso saludable: yogures, cereales para el desayuno, quesos... Tan solo un exiguo 2% se referían a alimentos sanos, como frutas, pescado o verduras.

¿Es tan grande la influencia de la publicidad en la alimentación de los niños? Pues sí. Diversas investigaciones indican claramente que hacen que coman más y peor, lo que supone que engorden y perjudiquen a su salud, tanto a corto como a largo plazo. Pondremos solo un ejemplo: en un estudio realizado sobre 60 niños de 9 a 11 años, aquellos que accedieron a alimentos después de ver publicidad sobre el tema comieron más del doble que los que no la habían visto.

¿Qué se puede hacer respecto a la publicidad en la televisión? Mientras las autoridades no tomen medidas, o lo hagan de una forma tan melindrosa como hasta ahora, no está de más que tratemos de hacer algo los padres. Limitar las horas de televisión al mínimo posible (con lo que limitaremos también el sedentarismo) y criticar abiertamente ciertos anuncios pueden ser dos actuaciones positivas en este tema.

El hecho de que dejemos para el final el aspecto psicológico no quiere decir que sea el menos importante, ni mucho menos. Muchas veces no somos conscientes de hasta qué punto condicionamos las querencias y comportamientos de nuestros hijos con determinadas actitudes. En ocasiones, sustituimos nuestra dificultad para transmitir afecto a nuestros hijos (por falta de tiempo, bloqueo, inexperiencia...) con aquella comida que más les gusta, que suele ser también la menos apropiada para su salud y su peso.

Además del problema nutricional en sí mismo, que es importante, desarrollamos en nuestro hijo la creencia inconsciente de que ese alimento es un sustituto del cariño (no hay que olvidar que se lo damos en sustitución de él, y como si fuera algo muy valioso y deseable), por lo que, ya de adultos, en ocasiones tratarán de paliar ciertos problemas afectivos con ese tipo de alimentos. El daño, por tanto, podría ir mucho más allá que el mero balance de calorías.

Algo parecido ocurre cuando les damos ciertos alimentos insanos como premio (o les privamos de ellos como castigo), o cuando cedemos a chantajes, en los que los niños son consumados maestros: si cedemos a ellos por no verles llorar, los niños considerarán esas natillas como una victoria deseable, y la buscarán también cuando sean mayores, siempre de forma inconsciente. Hay que darse cuenta de que muchos de los comportamientos que, de adultos, suponen una alimentación compulsiva cuando no se tiene hambre hunden sus raíces en la más tierna infancia.

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